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Somos cáscaras con forma de personas

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 Cáscaras, todos somos cáscaras.

Por ejemplo, a veces sales con alguien que no has visto hace un tiempo. Inician la conversación amigable con los temas de costumbre, pero de pronto te das cuenta de que ya no es lo mismo. Empiezas a darte cuenta de que no estás hablando realmente con la persona, sino con una cáscara. Que esa carcajada de risa no suena como un gesto de alegría, sino como un desahogo, como un grito de desesperación que prentende obligarse a sí misma a creer que es risa. Escuchas la respiración lenta, forzosa, cansada. Observas los gestos de las manos, moviéndose nerviosas, lo que no es coherente con la impresión de calma que aquella persona quiere expresar. Entonces te das cuenta de que no estás hablando realmente con esa persona. Estás hablando con una cáscara, con una armadura llena de movimientos mecánicos, acostumbrados, condicionados y predecibles. Y de que cada cosa de hablen no llegará realmente a lo que hay dentro de esa cáscara, sino que se detendrá apenas tope con las ideas pre establecidas y la visión de vida de esa persona.

Con el tiempo incluso podrás predecir la reacción de esa persona frente a los estímulos. Al principio puede ser algo agradable. El poder pensar "hey, yo puedo darme cuenta de las apariencias". Pero esa satisfacción dura poco. Es triste, realmente triste, pasar horas y horas con alguien y darte cuenta de que en ningún momento logras llegar a la persona en sí, sino que todo se detiene al estrellarse contra esa cáscara llamada Personalidad.

Pero no se trata de que te sientas superior por eso. Para lograr darte cuenta de la profundidad de la máscara de los demás, primero debes comenzar a quitarte tu propia cáscara. Poco a poco, golpe a gole, trizándola por aqui y allá, golpeando los puntos más frágiles y luego quitando los pedazos. No es algo alegre que digamos. Cada parte de la máscara oculta una herida que no se ha dejado sanar, sino que se ha tapado para aparentar que nunca existió. Y cada vez que remueves un pedazo de aquella cáscara, vuelves a sentir el dolor de esa herida: miedo, fracaso, falta de cariño, odio, rabia, soledad, timidez, inmadurez... ¿sabes cuántas cosas se pueden esconder detrás de una personalidad impecable? Y mientras más golpeas la cáscara, más aparecerán.

Y no creas que se trata sólo de casos especiales, de personas que por ciertas circunstancias la han tenido más dificl que la mayoría. No, eso es un error. Coge a una de aquellas personas de la mayoría, prueba a mirar dentro de su cáscara y verás algo similar. Pueden ser otras heridas, pero no creas que son menores solo porque se ve menos preocupada. No creas que le saldría más fácil.

Luego aparece el problema de lidiar con las heridas no sanadas. Generalmente son heridas que llevan años dentro. Años de ser ignoradas. Heridas olvidadas que se convirtieron en un comportamiento, en un gesto, en un tono de voz, en una reacción. En los casos peores, estas heridas detonan en una enfermedad física o psicológica, una neurosis, una alergia, un tumor. ¿Qué hacer al momento del reencuentro con esas heridas? Pues aunque el tiempo ha pasado, ellas mantienen el recuerdo de cuando se originaron, por lo que al darte cuenta de que existen no esperes que se vean menores solo porque ha pasado tiempo. No, el dolor regresa con tanta o más intensidad que cuando se provocaron. Y es ese dolor con el que hay que habérselas. Puede ser miedo, odio, deseperación, pero en el fondo siempre es lo mismo: dolor.



Hay que enfrentarlas como se pueda, y no siempre se está preparado. Muchas veces pueden hacerte pedazos y dejarte tendido sin fuerzas. Además, siempre está presente la tentación de hacer como si nada y decir "no, yo no puedo estarme sintiendo mal por eso, si fue hace tanto", "No, yo soy como soy y listo, estoy perdiendo el tiempo inventando cosas".

Es comprensible que gran parte de las personas no deseen -e incluso rehuyan de- autoconocerse. Dirán que no tienen tiempo, que se les olvida, que lo harán cuando tengan la casa, la pieza, el mueble, cuando viajen, etc. Me recuerda en parte ese tipo que le dijo a Jesús "quiero seguirte, pero primero dejame enterrar a mi padre (esperar a que el padre envejezca y muera)".  Y es que el proceso puede ser realmente doloroso. Mientras mayor y peor esté la persona, las heridas serán más grandes y más negadas, por lo que el choque no va a tener nada de agradable.

Es más, a medida que te comiences a sacar los pedazos de la cáscara y esta comience a disminuir, pensarás que ya llevas un buen trecho avanzado.. y ¡sorpresa! Detrás de la primera cáscara se esconde otra cáscara, y detrás de esta otra, otra más. Somos algo así como una mamushka tamaño gigante. Llevamos una carga emocional de recuerdos desde quizás meses antes de nacer, y si en esa época tuvimos malas experiencias, estas pasaron directamente a nuestro inconsciente, pues en ese entonces no teníamos capacidad para discernir e intepretar nada conscientemente. Solo podíamos sentir. Y si dolió, dolió. Y ni hablar de las cargas emocionales heredadas.

Y habrán momentos en los que algo te agobie y no sepas qué. Podrás intentar taparlo distrayéndote en alguna actividad, pero con el tiempo esa sensación de agobio se hace más fuerte. Incluso te darás cuenta de que te inventas problemas y preocupaciones sólo para escapar de ese agobio. Eso es la sensación de que llevas esa cáscara encima. Es molesto, y habrán momentos en los que te sorprendas pensado "¿y si volviera a ser como antes...? ¿Y si mejor me olvido de esta tontería de sanar heridas y me quedo siendo el que soy?".  Depende de cada uno el persistir o regresar.

Pero tú no deseas volver. Avanzas como puedes, a veces corriendo y a veces a rastras, pero avanzas. Contemplas las heridas y de a poco consigues sanarlas. Algunas completamente, la mayoría a medias, pero algo es mejor que nada. No es fácil, pero a medida que lo logras vas sintiendo una nueva fuerza renacer en donde antes no había nada. Comienzas a sentir un tipo de certeza, un "algo" que no tiene que ver con una cosa externa ni algo nuevo. Es un cierto tipo de energía interna que parece estar fluyendo dentro de ti. Algo desconocido pero familiar, aunque no sabes de dónde ni de cuando.

Y comienza a aparecer un cierto tipo de fortaleza, y empiezas a ver las mismas cosas de antes pero de forma distinta. Pero no te engañes: son las mismas cosas de siempre. Y no es que tengas nada especial ahora. Es sólo que al librarte de esas heridas dejas de malgastar la energía física, mental y emocional que usabas para mantenerlas tapadas. Puede que cambies alguos gestos, posturas, formas de expresarte, de mirar, de gustos. Pero en verdad no estás cambiando nada. Te estás desligando, lentamente, de aquellos comportamientos que habían sido provocados por las heridas emocionales existentes. Si te duele una pierna, cojeas. Pero si te no sanas el dolor, con el tiempo te acostumbrarás a cojear, e incluso puede que creas que así naciste. O puede que te obligues a andar bien, pero no va a resultar. Mas sana el dolor de la pierna, y de la nada te darás cuenta de que ya no cojeas. Así funciona.

Esto causa que, de a poco, comiences a perder la personalidad. Cambiarás de gustos, de amistades, de deseo, de aspiraciones, de miedos y de puntos de vista. En verdad no estás perdiendo nada. Simplemente te estás librando de condicionamientos, y con ello tu verdadero "tú" puede moverse un poco más libre que antes. Esto puede ser bueno o malo, según como lo veas. Puede ser desconcertante cambiar tan rápido, lo que puede traerte problemas con la gente que te rodea. De pronto puede que o te guste tu trabajo, tu pareja, tu vida completa. ¿Pero qué le vas a hacer? Crecer tiene su precio. Es caro si lo comparas con lo que pierdes, pues perderás mucho. Pero es barato si lo comparas con el premio: tu propia libertad.

¿Podrás lograrlo completamente sólo en una vida? Es algo que nadie te puede asegurar. Pero si  has soportado el avance y al final te vas sintiendo mejor, ¿por qué no intentarlo? Es más, ¿tienes otra opción? ¿Acaso de gustaría volver a ser el de antes? ¿Te volverías a colocar dentro de la cáscara? La respuesta es un rotundo No. Prefieres un minuto de visión real aunque duela, antes que un siglo de vida despreocupada en el reino de los ciegos.




Y aunque ese minuto de visión completa nunca llegue, envejecer y morir durante el camino es la opción que prefieres.















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