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La miseria de los que no pueden dejar de hablar

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En estos tiempos ya nadie quiere estar en silencio. El estar solo se toma como algo no deseable. Tenemos que estar siempre hablando con alguien de cualquier cosa. Y si no tenemos a nadie cerca, para eso están los chats y las redes sociales de internet. Para seguir hablando de lo que sea, no importa si profundo o trivial, pero hay que mantenerse hablando siempre. 

Y si no hay nadie con nosotros ni conectado, pues para eso tenemos la televisión, en donde tenemos reality shows donde podemos ver cómo la gente habla entre ellos. Y en última instancia la música gracias a nuestros audífonos. Música que habla de lo bien que se pasa cuando hay mucha gente reunida.

De tanto hablar hablar al final muchos se quedan sin temas, así que no queda más que hablar de la otra gente. De cómo se ven, de con quien se reúnen, de cómo se visten o de qué cosas hacen los demás, los que no están presentes en la conversación. Y de pronto ocurre que ya ni siquiera eso sirve. Pero hay que mantenerse hablando, y se conversan las más absurdas banalidades una y otra vez, y se les da vuelta y se vuelven a repetir y cada vez tienen menos sentido. Pero aún así todos ríen a carcajadas y dan su opinión, tan absurda como toda la charla, pero que es necesaria para poder continuar hablando.



De tanto hablar ya ni se piensa. No emergen nuevas ideas, no se explican cosas, ni siquiera surgen bromas originales. Todo redunda en lo mismo. Y alguna vez surgen conversaciones que tales personas llaman "profundas". Esas en donde cada uno dice lo mal que se siente por dentro y todos los demás sienten lástima, pero en las que nadie ayuda al otro a entenderse ni a superarlo, ni le importa nada más que hablar de sus propios problemas.

Y cuando por alguna razón surge la oportunidad en que no tienen a nadie con quien hablar, caen en un estado de tristeza. E intentan desesperadamente encontrar algo con lo que acompañar ese momento, sea una canción de moda y alegre, hacer una llamada telefónica, mirar las fotos de sus otros "amigos", etc. Lo que sea necesario para volver a tener la mente entretenida en algo, en lo que sea que les impida ponerse a pensar.



Es en esos momentos de silencio es cuanto surge en ellos la conciencia del tremendo vacío emocional en el que viven. En esos escasos instantes es cuando  el peso de su vida sin sentido se les muestra en todo su esplendor, cada vez más gigante, hasta empequeñecerlos y hacerlos sentir miserables. Cuando dejan de hablar (porque no tienen con quien) y empiezan a pensar. Y se dan cuenta de que en fondo no le encuentran un propósito a la existencia, de que detrás de esa máscara de una sonrisa y de esa avalancha de palabras futiles que arrojan día a día, no tienen nada. Nada excepto tristeza, una profunda tristeza que jamás se han dado el tiempo de mirar cara a cara. Sino que se han acostumbrado a taparla con palabras tras palabras, unidas en inútiles conversaciones con otros que parecen ser felices, pero que por dentro están igual de vacíos y dando vueltas en un sinsentido que les da miedo enfrentar.

 Porque si bien la pobreza material es perjudicial, nada se compara a la pobreza de corazón.

Y así como un mendigo jamás se volverá rico con las limosnas de la gente, quien esté vació por dentro jamás será llenado con las risas de otros.

La meditación oriental, tan fuera de lugar en nuestra cultura, enseña a estar en silencio. Al estar sentado y sin hablar, nuestros pensamientos nos abruman. Luego de un rato la mente se aburre de pensar en lo mismo, y empieza a pensar en lo que realmente le importa. Casi siempre esos pensamientos traen dolor incluido. Pues detrás de las preocupaciones típicas de cada día están los verdaderos problemas, esos a los que siempre les estamos haciendo el quite llenando la cabeza con ruido. Entonces nos vemos obligados a escucharlos, pues no nos dejarán poner la mente en blanco, o pensar en una idea fija, sino que darán vueltas alrededor de nosotros como mosquitos. Y nos daremos cuenta de que detrás de todas nuestras actitudes diarias esos pensamientos están siempre presentes, siempre alterando nuestro actuar. Pero que al no prestarles atención no nos damos (o no nos queremos dar ) cuenta. Y por eso mismo no los solucionamos.



La única forma de ser felices es estar llenos de felicidad. No importa que todo el día estemos escuchando carcajadas, eso nos puede hacer sentir bien por un momento, pero pasará. Quienes dicen "yo por fuera siempre estoy sonriendo, pero por dentro me siento muy mal" no merecen ser felicitados como personas fuertes, sino despreciados como hipócritas.  Porque su cinismo no es con los demás, sino con ellos mismos.

No se saca nada con estar todo el día hablando. Los demás jamás nos darán la felicidad que no tenemos. La única forma es logrando sanarnos internamente. Lo que tampoco nadie puede hacer por nosotros.

Y esto no es nada imposible de hacer. No se requiere preparación especial, ni ser más inteligente o educado. Sólo se requiere tener el valor de hacerlo. Ser feliz es nuestra primera obligación. O intentarlo al menos.









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